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Koi, el pez y el dragón. Parte 1: Hacia la luz de la luna

Posted: lunes 27 de septiembre de 2010 by Alberto Parra in Etiquetas: , , , ,
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¿Quién iba a pensar que un acuario sería el inicio de una historia tan bonita?
Pero lo fué. En realidad durante mis viajes, en período de un mes, hubieron 3 aluciones a peces koi y su leyenda. Es por eso que escribiré sobre koi. Y vale decir que ésta no es la leyenda japonesa original sino una adaptación, mi visión detrás de la leyenda y detrás de su significado.
De hecho, está hecho en dos partes, y ésta primera parte no tiene casi nada que ver con la leyenda japonesa, es de mi propia inspiración, y tiene un fuertísimo sentido simbológico que muchos de mis amigos espero que comprendan, y estoy seguro de que lo harán.
Ahi va...

Un pez blanco, un banco de diminutos peces azules, un par de orgullosos peces coloridos por allá y por aquí uno no tan hermoso de bigotes tan anchos y burdos como su rechoncho cuerpo. Peces y más peces en todo lugar donde mirar. Tal parece que la vida aquí abajo sólo está llena de aletas, branquias y un par de cosas babosas suspendidas en el agua como fantasmas.
Y además, hay tanta oscuridad aquí abajo. Desde las profundidades siempre he visto hacia arriba, conociendo la luz tan sólo de pasada, como simple compañera que ilumina los caminos entre los corales durante el día.
Me llamo Koi y la verdad, siempre he querido tocar la luz de la superficie... pero han habido dos aspectos que me detienen.
El primero. Mi voluntad: aunque la veo allá arriba, parece tan inalcanzable. Las burbujas que a veces creo con mi cola tardan una eternidad en perderse en las alturas hasta que se hacen invisibles. No puedo imaginarme subir a la superficie y ver esas luces más de cerca. Sea como sea, donde estoy llega un poco de luz asi que, ¿Qué sentido tiene un esfuerzo tan grande para buscar un poco más de lo que ya tengo aquí abajo?
Segundo. El ridículo: Los peces de las profundidades siempre han denigrado a los de la superficie. Dicen que, en búsqueda de cosa tan vana, viven ahora en un mundo de mentiras. No viven en la realidad y eso se hace notar cuando tienen que bajar en búsqueda de comida, pues allá a veces realmente escasea, y hasta yo me he unido a veces a las burlas cuando lo hacen. Sin embargo, también es verdad que viven allá arriba por mucho tiempo y no siempre bajan. Me pregunto por ello qué tan irreal es aquel mundo y qué los mantiene allá arriba a pesar de las carencias y de las burlas. A veces hasta han dejado familia y amigos cuando éstos no quieren emprender el viaje juntos.
Sin embargo ahora las cosas han cambiado. Mi madre, quién solía deleitar mis oídos con historias de arriba, con historias de la superficie, de animales diferentes a nosotros, de razas inteligentes y hasta de dragones; ha cerrado sus labios para siempre. Y recordando a mi único hermano y pariente, perdido ahora en la luz, un nuevo objetivo ha llenado mi propósito.

Cuando comencé a ascender, no sabía cuánto tiempo tardaría, no sabía si encontraría o no a mi hermano, no sabía qué me serviría de alimento ni tampoco quién estaría allí para mi.
Y mientras los corales se alejaban de vista y la fatiga comenzaba a invadirme, avisté a un pez de la superficie que venía bajando a toda velocidad en mi dirección. Su velocidad era asombrosa, su estilo era impecable. El movimiento de sus aletas coordinado, y su cola parecía danzar al son del movimiento excelso de la luz que resplandecía en la superficie. Viéndole desde mi posición, intenté imitar su movimiento, su avance similar a la danza, y su impecable coreografía. Sin embargo, mi cuerpo se encontraba cansado y una violenta contractura espasmódica me hizo detenerme en seco, avergonzado.
Cuando el pez pasó a mi lado, cerré mis ojos evitando su mirada y me envolví en mi propio cuerpo, en defensa de su obvio ataque de burlas. Se trataba de una especie de pugna marcada entre los peces de las profundidades y los de la superficie. Hasta yo me había burlado de ellos cuando no tenían otra alternativa sino bajar a las profundidades, y ahora era yo quién subía, y quién irremediablemente fracasaba debido a la falta de ejercicio que implicaba vivir en las profundidades.
Pero el aleteo de su cola contra el agua se detuvo y no hubo risa sarcástica ni tono burlón en su voz
- ¿Te sientes bien?
Su voz suave e interesada fué lo que más me sorprendió. Tanta fué la sopresa que me desenrollé en seguida y miré sus ojos, intentando encontrar en ellos algo de sarcasmo, pero parecía que su preocupación era genuina. Los ojos de un pez nunca mienten, o así suelen decir los proverbios de las ballenas.
Fuese como fuese, su actitud y sus preguntas sinceras derrumbaron mis defensas y fué entonces cuando le expliqué mis intenciones.
- Si es eso lo que quieres, déjame guiarte. Es para eso que bajé. Mi nombre es Don. ¿Has notado el color de tu piel? Has vivido toda tu vida en las profundidades. Has aprendido a ver en las profundidades, a comer en las profundidades, a andar en las profundidades y a dormir en las profundidades. Tu piel también tiene el color blanquecino de las profundidades. Si subes inmediatamente tu piel sufrirá quemaduras, tus ojos no se adaptarán a la luz, el movimiento de tu cuerpo se sentirá extraño, y no podrás dormir por la luz de la luna.
- ¿La luna? ¿Entonces las historias son reales? ¿Arriba hay luz en todo momento?
- Aunque a ti te parezca interesante, a muchos no les gusta. Sienten que la oscuridad es divertida y que han de tener al menos un poco de ella de vez en cuando.
- ¿Cómo es la luz de la luna?
- Tendrás tiempo de verla con tus propios ojos

De esa manera, Don fué pacientemente llevandome a la superficie. La empresa fué realmente mucho más agotadora de lo que inicialmente pensé. Aunque pocas veces estaba solo y pude conocer a todos los amigos de Don, aunque reía mucho y admiraba a cada una de esas personalidades, la comezón de mi piel iba en aumento, mis ojos comenzaron a protestar desde el segundo día de ascenso, mi sueño era más que difícil, suspendido en el agua sin ningún apoyo y con luces muy tenues brillando más allá de mis párpados, y que mientras ascendía se hacían más intensas.
Parecía que los amigos de Don sabían cuánto me costaba seguir allí, pues diariamente me daban su apoyo, sin embargo no por ello me privé de mis ganas de regresar. Regresar a lo que ya conocía, a lo que estaba seguro, a lo que sabía que podría soportar. Regresar a mi hogar, a mi seguridad, a mi cama. La luz que inicialmente me fascinaba día y noche, a veces parecía molestar mis ojos, los que, junto a mi piel, se hacían reacios al cambio y me castigaban por ello. Estaba yendo en contra de mi propia naturaleza, así lo sentía. Y a veces parecía tan poco lo que me motivaba a seguir adelante... Sin embargo volver atrás significaría volver a adaptarme, esta vez de regreso a lo mismo, de regreso a lo que inicialmente huía. Si iba a culminar mi proceso de adaptación no sería para volver a lo mismo y preguntarme qué hubiese pasado de haber seguido mi camino. Volver atrás no era una opción, pero entonces ¿por qué parecía tan atractiva? Luchaba por mis sueños, por ser algo más que un pez que vive su vida en las profundidades y que día a día busca sustento, y va a dormir en una interminable rutina hasta la reproducción y la muerte. Más que eso, había algo que motivaba a éstos peces a seguir adelante, y más aún, algo les motivaba a ayudarme a ir a la superficie, a la luz. Más que los peces de las profundidades, éstos vivían con un brillo diferente en sus ojos, que aunque inicialmente atribuí a la abundancia de luz, ahora me daba cuenta de que se trataba de un propósito claro y seguro. Sus pasos estaban medidos, sus sentidos abiertos a un entendimiento mayor. Vivir aquí arriba, ahora me daba cuenta, significaba más que nada, tener una forma de pensar totalmente diferente. Y aunque inicialmente el cambio tiende a asustar, aunque inicialmente intentamos safarnos y volver a la rutina, me dí cuenta finalmente que el cambio no es tan difícil si se tienen razones sólidas. Y si recordar la marcada diferencia entre la vida de las profundidades y la superficie no era suficiente, las razones se hacían más sólidas al recordar los movimientos ágiles de Don y el manejo perfecto de su cuerpo entrenado en las superficies.
Estaba seguro de lo que quería, la luz era lo que me había atraído, pero ahora era más que eso, más de lo que mi mente nunca hubiese imaginado. Historias interesantes y fantásticas me habían atraído, pero ahora se trataba de algo más allá de ser el protagonista de alguna de ellas. Me daba cuenta de la oscuridad en la que estaba y del potencial que allí abajo despilfarraba, de que más que buscar sustento y reproducirse para luego morir, la vida de un simple pez podía ir más allá, hasta el punto de ayudar a otros a darse cuenta de ello.
Y fué así como poco a poco y sin darme cuenta ya estaba en la superficie, y pude contemplar por primera vez la luz de la luna directamente. El sol no hacía ya daño a mis escamas, que habían adquirido un color más pardo, y comenzaba a moverme más libremente, recordando la pesadez con la que me movía en las profundidades del agua. Comenzaba a disfrutar de la luz a todo momento, y ahora en vez de perturbar mi sueño se convertía en canción de cuna para mis ojos. De alguna forma, todo había cambiado, y comenzó a hacerlo exactamente cuando dejé de pensar en los nuevos cambios como obstáculos, y en vez de eso, comencé a integrarlos en mi vida. Era un pez diferente.

Fué entonces cuando comencé a preguntar por mi hermano y fué cuando se me reveló su nuevo domicilio. Cuando ya creía que el viaje había terminado, me daba cuenta de que estaba apenas por comenzar. Llegar a la superficie era apenas el inicio de una gran carrera, la carrera de aprender a huir de nuevos depredadores, adquirir agilidad y presición del movimiento, destreza mental y física, y mientras tanto, ayudar a otros a llegar a su meta. Ahora entendía las razones detrás de la ayuda que recibí. Ahora era yo quien ayudaba a nuevos peces a llegar a la superficie y de ésta forma nunca olvidaba las razones que me mantenían aquí, a pesar de los depredadores, a pesar de las amenazas y, a veces, de la escasa comida. Ayudar a otros peces se convertía ahora en una labor con dos propósitos, que por una parte tenía el objetivo de beneficiarles, y por otra traía la recompensa de hacerme recordar de donde venía, la oscuridad que me envolvía, lo que luché para sobreponerme, y las razones que tengo para no desear volver nunca más.
Y ahora recordaba cuando escuchaba decir que éstos peces vivían en una fantasía, en un mundo irreal, cuando la verdad era que un pez no puede tener más propósito de estar vivo sino estando aquí arriba. Y ahora aún más cuando supe las aspiraciones de mi hermano:
- Se ha ido a las cascadas e intenta subir cuesta arriba donde los dragones viven. De lograrlo, viajará a espaldas de uno de ellos y podrá conocer el mundo entero... con sus propios ojos.

Copyright © Septiembre 2010 por Alberto Parra
Número de Registro: EHS87-3X1BF-192GK

Arte:

Adios, vacaciones

Posted: by Alberto Parra in Etiquetas: ,
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Fueron bonitas estas vacaciones... de veras que no las olvidaré.
Panamá es un pedacito de miami mezclado con auténtico sabor latino y gente muy amable. Mexico es Mexico, el museo mas grande del mundo, verdaderamente.
Pero ya acaban las vacaciones y comienzan las inscripciones al nuevo semestre que promete estar muy interesante con pediatría... Y aqui estoy de nuevo después de una larga ausencia, y de veras, extrañaba escribir, y en todo el viaje escribí un poco, pero nada que publicaré aqui sino un proyecto que tengo para después. Sin embargo no dejaron de llegarme ideas, y una de ellas la comenzaré a escribir de una vez.
Plasmar memorias y momentos de la vida en relatos y cuentos es algo muy bonito, porque aunque no esté nada relacionado con mis memorias aquí y ahora, al releer lo que se escribe automáticamente te transportas al momento en que las ideas fluyeron, y de alguna manera mágica vuelven esas memorias, esos recuerdos, como si fueran fotografías que has dejado plasmadas a través del tiempo.
Por eso no dudo ni un segundo en escribir apenas llego de regreso a Venezuela, porque.... aunque le tengo que decir adios a las vacaciones... les tomaré un bonito retrato, un retrato de conciencia.

Asi que... RIP Summer.... Descansad en paz, vacaciones!!!



Creador:

Ultratumba

Posted: viernes 3 de septiembre de 2010 by Alberto Parra in Etiquetas: ,
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Bueno antes de irme de viaje, y como probablemente estaré ausente durante algún tiempo, les dejaré un relato... absolutamente diferente a los que han leído hasta ahora.
La diferencia es rotunda, radical, pero aún el estilo es el mío propio.
NO es terror, NO es de miedo, sino más bien un suspenso frío y oscuro.
Y si se fijan en la fecha del copyright, no es exactamente reciente. Lo escribí hace un tiempo ya. Va.

El vértigo azotaba su espasmódica y flácida masa de cuerpo mientras caía a un abismo interminable de inconciencia. Su último recuerdo, un repentino e inesperado desliz frente al primer escalón de madera pulida, impregnado del agua que goteaba de aquella molesta filtración en el techo que había pedido a su hijo mayor reparar meses atrás. Ahora, aquella fría noche, turbulenta y afligida por los relámpagos y la lluvia, era muy tarde para darle solución al problema, pues con una amplia bandeja en las manos, llena de chocolate caliente en 6 tazas y un jarrón de tamaño mediano, Robinson cayó presa de la gravedad al resbalar frente a 18 escalones, al final de los cuales los recién llegados clientes del hotel esperaban el calor de las bebidas que ahora yacían desparramadas en el suelo y empapaban el cuerpo enrojecido del Señor. Sus últimas sensaciones: un golpe en la rodilla, chocolate caliente carcomiendo la piel de su rostro, una media vuelta y un golpe en la espalda, la barandilla que no detuvo su caída enredandose en su mano derecha y dislocando su brazo derecho mientras su cuerpo caía girando casi completamente.

Se ahogaba, algo en el hombro y el brazo izquierdo dolía profundamente. Respiraba aceleradamente y caía, caía, caía al abismo. Su cuerpo estaba intacto, de no ser por el rostro y pecho quemados, unas 3 o 4 contusiones grandes y algunas otras pequeñas, la ceja izquierda atravesada por un corte poco profundo, muy parecido al corte de sus labios, aunque más hinchado, y el hueso del húmero dislocado. Su cuerpo se veía muy poco pálido y -algunos se atreverían a decir- vivo, de no ser por la evidente falta de actividad cerebral y cardíaca por un largo período de tiempo.

Despertó del vacío de forma tan repentina como cayó de las escaleras, encontrandose con que podía ver a su alrededor, podía entreabrir y mover ligeramente sus ojos, sin embargo ningún músculo de su cuerpo ejercía el trabajo que su mente despierta comandaba. Se encontraba en un estado consciente aunque su cuerpo no lo reconocía. A su alrededor estaba su esposa, contemplándolo con un pañuelo entre las manos, y sus tres hijos alrededor de ella. No había felicidad en ninguno de ellos y aunque él moría de ganas de declararles su bienestar, le era imposible. Se dió cuenta de que frente a su rostro había un cristal transparente y que éste se incrustaba en dos paredes de madera que lo rodeaban. Trató de gritar, comprendiendo su destino, pero nada pudo aliviarle su descenso a la tierra, volviendo al polvo antes de convertirse en polvo.

Aún no había sido sellado el cristal por el que antes veía a su esposa e hijos llorar su muerte, y a través de él veía claramente cómo se arreglaba el descenso de su ataúd. Aún no era totalmente consciente, se encontraba apenas despierto, pero eso no le salvaba de sentir desesperación. Si pudiese, estuviese gritando y golpeando las paredes interiores del ataúd con las piernas y brazos, pero ni siquiera era capaz de exteriorizar sus impulsos y eso acrecentaba su temor y su desasosiego. Gritar, gritar... Sáquenme de aqui. Y sin embargo los ojos de su amada aún lloraban su pérdida. Aquí estoy, sáquenme de aquí. Era inútil...

Ya se habían terminado de atar los arneses. Le quedaba cada vez menos tiempo para gritar y evitar ser enterrado. Pero no podía, no podía, ni un gemido salía de sus labios. Cuando comenzó a moverse el ataúd, el temor hizo que se despertara un poco más de su estado poco consciente. Se preguntaba si todo era un sueño mientras comenzaba a descender a la tierra y veía a su esposa a través del cristal. BANG. Ya no veía frente a si sino el sello de madera con el que acababan de quitarle la vista de su señora llena de lágrimas. El golpe lo despertó un poco más y una contracción espasmódica de sus dedos le dio la ilusión de que volvería a moverse, así que reanudó sus intentos, sus esfuerzos en vano. Ésta vez su frustración se transformó en uno de los peores llantos, uno silencioso y exasperarte.

Cuando golpeó tierra lanzó un grito que su renuente garganta no pronunció, y rompió de nuevo a sollozos que sus ojos no lloraron. Se le acababa el tiempo y apenas podía mover con dificultad los dedos. Pero nadie estaba dispuesto a darle un segundo más. Pronto comenzó a escuchar los golpes secos de la arena retumbando contra la madera de su encierro mientras sus sentidos se hacían cada vez mayores. Cuando ya los golpes de la arena se hacían casi imperceptibles a sus oídos, retomó una respiración más fluída y regular, pudo respirar profundamente, pero la sensación de alivio temporal que generalmente acompaña el suspiro no fué suficiente. Aún no podía moverse y no fué sino cuando ya nada había a su alrededor sino silencio sepulcral, que capaz de mover ligeramente sus brazos y se hizo consciente de que no era un sueño. Había sido enterrado vivo.

Comenzó a recuperar sus sentidos más rápidamente y, mientras volvía a sentir el latido de su corazón, la respiración regresaba a la normalidad y sus sentidos se hacían de nuevo finos; el dolor se apoderó de él. El dolor del hombro, el pecho y el rostro, producto de la quemadura y la posición de sus huesos, no podían ser soportados por un señor de su edad. Lanzó un grito de auxilio, como despertado de una pesadilla, mientras daba golpes al cristal, el que se rompió en sus mano izquierda, dejándole de recuerdo a su carne viva un trozo especialmente afilado.
Ésta vez si pudieron sus ojos soltar las lágrimas que antes no fueron derramadas, su garganta pudo gritar desconsoladamente ante el dolor, y sus piernas pudieron golpear desordenada y desesperadamente su ataúd de madera, mientras, sin calma alguna, intentaba mover su cuerpo de izquierda a derecha en el estrecho espacio que le encerraba. Profiriendo sonidos ahogados por la arena, incapaz de mover un solo milímetro su lugar de eterno descanso, Robinson cayó en la mayor de las angustias, aquella en la cual el dolor no significa nada, en la cual los sentidos se intensifican, la razón se disipa y el impulso de huír se convierte en el poderoso fantasma que atormenta la existencia de aquel quien no puede ni siquiera ponerse de pie.

En dos oportunidades, Robinson intentó retener el aliento y calmarse, pero en ambas ocasiones acababa de nuevo intentando recoger sus piernas y colocarlas sobre su pecho, intentando hacer presión sobre ataud con los únicos miembros intactos que le quedaban, pues una de sus manos, envuelta en un retazo de tela de su traje, sangraba por un vidrio incrustado mientras la otra residía inmóvil y dolorosa por causa del hombro dislocado. Al darse cuenta de que no podía encoger las piernas, desesperaba de nuevo, lanzaba de nuevo golpes, gritaba por la ayuda que nunca llegó.

En uno de los pocos momentos de calma removió lo que quedaba de los vidrios rotos que antes le separaban de su esposa. El vidrio se incrustaba en la madera sólo de la mitad del ataúd hasta arriba y aunque intentó removerlo con cuidado, se lastimó los dedos intermedio y pulgar. Sin el vidrio tuvo campo libre para golpear con la mano izquierda, ensangrentada, la madera pulida, revestida en el interior por una tela suave y costosa, pero rasgada por su desesperación. Sin embargo no gozaba de suficiente impulso para abrir su prisión, y mucho menos para romper la madera. Lanzó un grito de nuevo, provocado por su frustración y un reciente movimiento brusco que desencadenó un dolor intenso en su hombro dislocado.
Mientras cascadas de lágrimas brotaban de sus ojos, y sus oídos se estremecían por su propia ensordecedora voz, hizo presión sobre la compuerta superior del ataúd, mientras su mano envuelta clamaba por ayuda y su hombro se incomodaba cada vez más. Sin embargo no logró nada más que el cansancio, un cansancio que iba experimentando desde hacía unos momentos, y comenzaba a atormentarle. Pero no podía quedarse dormido, tenía que salir de allí cuanto antes.

Sin embargo sus ojos se cerraban mientras rompía en un llanto frustrado. El famoso sueño incontrolable comenzaba a apoderarse de el. "Padre nuestro que estás en los cielos" recitó, mientras el aliento se escapaba y comenzaba a necesitar inspiraciones más fuertes para satisfacer a sus pulmones...
"hagase de igual forma en la tierra, danos hoy..." Su voz se convertía en murmullo mientras el llanto comenzaba a cesar y la respiración aceleraba
"a los que nos ofenden. No nos dejes caer..." Comenzaba a sentir náuseas y debilidad, y sin embargo seguía boca arriba, ahora con sus ojos cerrados
"tu nombre, venga a nosotros tu reino" Sentía sueño pero su propia respiración acelerada no le dejaba dormir
"como tambien nosotros perdonamos a los que nos ofenden" Sus pulmones comenzaron a relajarse, pero Robinson no se sentía capaz de seguir recitando, ni murmurando, no se sentía capaz de moverse, ni de golpear de nuevo su jaula de madera, ni de abrir los ojos de nuevo.

¿Quién no daría todo por morir dormido y en paz?


Copyright © Abril 2006 por Alberto Parra
Número de Registro: EHS87-3X1BF-192GK

Arte:

Cuando hablas... me haces soñar

Posted: miércoles 1 de septiembre de 2010 by Alberto Parra in Etiquetas: , , , ,
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Esta vez quiero pedir disculpas por mi ausencia. Pero antes de salir de viaje, voy a dejar algo publicado.
Esta vez les traigo un relato... o más bien un sueño algo descabellado, que por alguna razón tiene un nosequé de Alicia en el pais de las maravillas. A casi todos los elementos del relato se le pueden sacar un simbolismo o significado. Aunque tiende a lo gracioso, más allá de eso tiene un bonito mensaje de cambio, de esperanza y auto superación.
Además, trae una cruda verdad de lo que a veces hacemos los hombres para soportar temas de conversación necios. Ya pues. Ahi va.

Nótese la elevación del tono de su voz. Le calculaba cinco, pero no, a los dos segundos transcurridos ya sus ojos encrespaban las cejas como látigos alzados en amenaza.
- ...Ese es el problema, ¿Entiendes?
- Entiendo.
Pero en realidad lo único que entendía era que pronto comenzaría a hacer muecas con el rostro y a mover los brazos frenéticamente. Tres, dos, uno... Ahí va. Golpe contra la mesa. No pude disimular la media sonrisa.
- ¿Me estás escuchando?
- Cada palabra.
Palabras... Palabras eran lo que todavía faltaban por ser escuchadas. ¿Una hora? No, el asunto no era de tal importancia. Le calculaba treinta minutos o menos.
Y así comenzaba...
¡Nunca! ¡Nunca me he quejado del olor de sus conejos!
...
... Pues simplemente quería sacar a pasear al perro... ¡Nada más!
...
¡Apenas le ladró tres veces y mira lo que vinieron a decir!
...
Cuando volvía a casa con el perro me encontré a Roberto y le conté todo ¡Por supuesto que se puso de mi parte!
...
¿Y después viene Sasha con su cara bien limpia a quejarse de MI perro? ¡Está loca! Le dije bien claro que se devolviera a su casa a bañar a sus conejos.
...
Ricardo no puede opinar nada, él sólo está durante la noche
...
... Me llamó "Animal" ¿Puedes creerlo? Animales son sus perros conejos y ella.

...
Y así comenzaba...
Ya era suficiente. La jaula de conejos de Jim estaba sucia. Pero no había una gota de agua... Ahh, dolor. En un año no había bañado a sus conejos y uno había muerto por la inmundicia. A veces les lanzaba un par de gotas para tomar, cuando sobraban de su aseo personal. Pero en aquel desierto los grifos comenzaban a escupir aire, las cosechas se convertían en tierras baldías y agrietadas, y los hombres comenzaban a competir con los animales en pestilencia.
Era hora de hacer algo, o sus animales morirían.

Jim decidió irse. Irse lejos, donde las cosas fueran diferentes. Donde hubiese un grifo, donde encontrase agua, donde pudiese asear a sus conejos. Así, se armó con jaula en mano, mochila en su espalda y un sombrero más grande que su propio cuerpo, para dar sombra a sí mismo y a los animales. Todos lo calificaron de loco, todos se burlaban de su sombrero y hacían apuestas sobre su regreso. Sin embargo Jim permanecía inmutable, y con la única compañía y apoyo de sus tres conejos, se adentró al impenetrable desierto.
Caminaba sin camino. Su única señal de orientación se encontraba a sus espaldas. Quería irse lo más lejos posible de aquel lugar, donde las cosas fueran diferentes. Sin embargo pasaron dos días y aún no encontraba nada. Cuando se vió lo suficientemente débil fué que comenzó a utilizar sus provisiones, y dió un par de gotas de agua a sus conejos, que devoraron con excesiva premura.

Amanecía aquel tercer día cuando Jim despertó por un extraño ruido. Eran ladridos, suaves y agudos como de cachorros. Pero al abrir los ojos se dió cuenta de que provenían de su jaula de conejos, y acercándose más, se dió cuenta de que coincidía con el movimiento de sus mandíbulas. ¿Se estaba volviendo loco? Miró hacia atrás y no vió la ciudad. Desde la tarde del día anterior no la veía, oculta entre las dunas. De todas maneras, loco o no, más loco estaría si volvía a la misma ciudad en las mismas condiciones pero ahora con la vergüenza de admitir que se había equivocado.
Sin embargo, tenía una nueva brújula en sus manos. Los tres conejos, se dió cuenta, ladraban con furia mirando en la misma dirección. Cuando daba la vuelta a la jaula se volvían hacia la misma dirección para seguir ladrando, cuando sus pasos se alejaban, los ladridos se hacían más intensos, y cuando sus pasos se acercaban en la dirección escogida por ellos, hacían silencio absoluto y volvían a comportarse como conejos normales.
Desconcertado, y para al menos evitar que los conejos agotasen sus energías ladrando, siguió sus pasos con un nuevo norte, una nueva brújula.

Jim caminaba y caminaba y caminaba. Casi todas las dunas se habían convertido en reducidos montículos. Sin embargo, los conejos apuntaban su norte hacia una duna, la única que aún obstruía la visión del horizonte.
Y aunque Jim pensó en bordearla para escalarla más fácilmente, los ladridos frenéticos de los conejos sólo le permitieron lanzarse a ella de frente, no por los bordes. Sobra decir que su cuerpo se sumergió en la arena más de una vez, y hasta el mismísimo cabello se mezcló con ella.
Pero llegó a la cima, y contempló al otro lado de la duna algo completamente inesperado.
Era un mercader, con su tienda abierta cual si estuviese en el centro de una populosa ciudad.
Corrió a su encuentro sobre la duna, hasta que sus pie izquierdo atrapado por la arena le hizo perder el equilibrio, y el resto del empinado montículo lo bajó rodando descontroladamente hasta el final, con la jaula y sus conejos fuertemente asida en sus brazos.
"Roberto, joyas y empeños a su servicio" dijo el mercader. Ni siquiera alzó la cabeza. Parecía estar muy ocupado con otros clientes como para ayudar a Jim.
"¿Dónde hay agua?" Preguntó Jim, desconcertado. Las únicas palabras que pudo pronunciar.
"Dije: joyas y empeños. No agua. Venden agua en la séptima duna a la izquierda"
Definitivamente, cada vez más, Jim se aseguraba de que su cerebro comenzaba a sufrir los efectos del sol. Y quizás el cerebro de éste mercader ya estaba bien fundido.
"Usted no entiende. Busco una ciudad, una ciudad que tenga mucha agua"
"Tu no entiendes... Séptima duna a la izquierda" Dijo abriendo los ojos peligrosamente y luego señaló hacia arriba, al aviso de su tienda "Roberto, Joyas y Empeños".

Una. Dos. Tres. Cuatro. Qué estupidez. No estamos en ninguna ciudad, ésto no es un mercado ni una plaza pública. Cinco. Seis. Si no hay nada detrás de la séptima duna... Siete.
Y así, bordeando la sèptima duna hasta la cima, Jim pudo ver una nueva tienda, comprobando ésta vez los efectos nocivos del sol sobre éstas personas, y preocupàndose por su propio bienestar mental.
Ésta vez el mercader era una mujer, aunque de lejos parecía mas bien un hombre, de cerca podían distinguirse sus bustos caídos y su espalda encorvada.
"Sasha, Agua y Derivados" Definitivamente algo pasaba con ésta gente.
"Buenos dias, necesito agua" dijo Jim lo más educadamente que pudo frente al rostro de pocos amigos de la mujer.
"Tienes monedas?"
"Si"
La mujer tomó un vaso, e inundándolo del agua de sus provisiones, lo sacó, extendiéndolo frente a Jim para luego echarlo completo al suelo. El grito ahogado de Jim pareció sorprenderla un poco.
"Dos monedas" Dijo, extendiendo la mano.
"¿Cómo se supone que beberé eso?" Preguntó Jim, apuntando sus dedos hacia la mancha de agua en la arena del desierto, que apenas vertida, ya comenzaba a desaparecer.
"¿Cómo se supone que voy yo a pagarlo? Dos monedas. Vaya olor, deberías bañar esos animales que llevas"
"¿Y cómo lo haré, con lodo?" Jim comenzaba a perder los estribos
"El agua... junto al vaso... son tuyos por diez monedas. Pero el vaso debes devolverlo"
"¿Entonces cuál es la diferencia?" Jim casi gritaba.
"¿Cómo crees que atenderé a los demás clientes? ¿Eh? Deja de quejarte y baña a esos animales. El olor comienza a marearme"
Jim necesitaba ganar puntos con la anciana, no perderlos. Necesitaba saber la fuente del agua. Una nueva ciudad, desbordante de ella. Asi que no se quejó más y pagó lo necesario para hacer las pases con ella y poder preguntar en tono casual...
"El desierto es tan grande. No he encontrado ninguna ciudad con agua. ¿Conoce usted alguna?"
La anciana Sasha le contó una extraña historia a Jim. Todas las ciudades alrededor estaban en las mismas condiciones desde hacía un año. Se rumoreaba que se trataba de un castigo divino, sin embargo Jim no pensaba tal disparate y sólo se enfocó en un hecho: Algo estaba cortando los suplementos y la única con abastecimiento abundante era ésta mujer.
Así, se despidió cordialmente para luego refugiarse detrás de la misma duna por la que llegó. Esperó hasta el anochecer por la partida de Sasha, quien le guiaría a la fuente del agua, el secreto de su negocio.
Pero la anciana no se movía, ni siquiera un músculo de su cuerpo parecía extenuado. Por el contrario, los días de viaje se abalanzaban sobre Jim, sobre sus párpados, hasta que finalmente cayó dormido.

Lo despertó el ladrido de los conejos a la media noche, momento en que la anciana se disponía a retirarse. Ni siquiera echando un vistaso a sus conejos, los llevó consigo en persecución de Sasha.
La mujer caminó alrededor de dos horas con el recipiente de agua en sus manos hasta llegar al lugar menos esperado de todos. Desde lejos, Jim pudo ver cómo Sasha se reunía con unas 20 o 30 personas que traían el mismo recipiente, llegando todos al pie de un alto molino de viento en medio del desierto, dejando el recipiente de agua en sus pies y caminando luego a una casa contigua.
Jim esperó el tiempo suficiente para evitar ser visto y se lanzó entonces al molino, abriendo la oxidada puerta que lanzó un chillido verdaderamente molesto.
"Lo estaba esperando" dijo una voz desde dentro del molino, el hombre salió de la oscuridad, con su apariencia tosca, su nariz puntiaguda, ojos afilados y más peligrosos que los de Roberto. "Desde ayer lo estaba esperando. Y aunque haya llegado tan tarde, espero que sea capaz de hacer la inspección del lugar durante ésta noche y devolverse mañana a primera hora. ¿Algún problema con eso?"
"Ninguno" Dijo Jim, de nuevo desconcertado.
"Me habían dicho que era usted un personaje extravagante. Pero no sabía que el inspector era un conejo"
"¿Un conejo?"
"¿No es usted un conejo acaso? Orejas, hocico, bigotes. Parece todo un conejo"
"No soy un conejo" Dijo Jim, casi a punto de revelar su indentidad "Bueno, quizás lo sea" Se corrigió. Pero ya su interlocutor sacaba un espejo de mano y mostrándolo a Jim, le hizo lanzar un enorme salto de espanto, tan alto que tocó el techo del molino. Su rostro era el de un conejo, sus patas eran las de un conejo, y éste salto hasta el techo del molino era el salto de un conejo. "Sí, soy un conejo" dijo.
"Ya veo. Yo soy Ricardo. Este es el dispensador de agua del que tanto se habla. Pero un momento, ¿para qué necesita usted perros?" dijo mirando la jaula de conejos, la cuál en una segunda vista más de cerca, tenía tres cachorros.
"Son mascotas. Nada más" Dijo Jim intentando fingir una sonrisa cuando, cada vez más, su mente le declaraba a gritos su locura. ¡Hacía apenas horas había dado un baño a los animales y estaba seguro de que eran conejos!

Así comenzó la inspección del dispensador de agua. A unos 30 metros bajo tierra Jim se dió cuenta cómo las aspas movidas por el viento alimentaban todo un sistema de recolección de agua verdaderamente asombroso. Pudo ver en el interior del lugar enormes almacenes de agua, de kilómetros de extensión y metros de profundidad, y, finalmente, pudo ver la desembocadura de los almacenes, y las múltiples y anchas tuberías.
"... Y tal como lo han ordenado, sólo utilizamos ésta llave dos veces a la semana para abrir las tuberías y abastecer las ciudades. Muy bien. ¿Alguna queja? ¿Satisfecho? Entonces llévese el pago del mes y déjenos en paz" dijo Ricardo, entregando una cuantiosa cantidad de billetes a Jim.
Entendiéndolo todo de repente, Jim la aceptó y cordialmente se retiró con sus conejos, o más bien, con sus cachorros.
Jim no permitiría que ésto siguiera. Ya sabía la razón por la que estaba aquí. Y esperaría bien entrada la noche a que Ricardo durmiese para arrebatarle la llave y acabar con el monopolio del agua. Aunque se había ido a buscar otra ciudad con más agua, el verdadero cambio sería abastecer de agua a su entera ciudad, hoy y para siempre. Y asi tuviese que volver a su ciudad con el aspecto de un conejo, o totalmente loco por el calor del sol, lo haría.
Por ello, se lanzó a la casucha en medio de la noche, inspeccionó hasta encontrar la habitación de Ricardo, entró sigiloso, reconociéndola por su opulencia, y llevándose la llave de su mesa de noche, la utilizó para cambiar las cosas de una vez y para siempre, y para volver a su hogar, con el aspecto de un conejo, pero con muchos otros cambios y noticias que harían felices no sólo a su persona, sino también a....

-¿Me estás escuchando acaso?
-Por supuesto que si.
-¿Qué opinas?
-¿Qué opino? ¿Sobre qué?
-Sobre Sasha y Ricardo, todo lo que te he estado diciendo. ¿Acaso no me escuchas?
-Sasha es simplemente una marioneta de Ricardo, y lo mínimo que hay que hacer es montar una demanda para que Ricardo diga quien esta detras de todo esto. Sea como sea ya las cosas cambiaron y hay suficiente agua para bañar a los conejos, o mas bien a los perros. Pero eso significa que Sasha quedara sin trabajo ni dinero y no me parece justo dejar a una pobre anciana como ella en la calle...
...
...
¡PLOP!


Copyright © Septiembre 2010 por Alberto Parra
Número de Registro: EV1LV-T2C1Y-R7HYB


Arte:

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